Te he extrañado

Todo cambia. Ya no soy la niña insegura de antes, que temía de tu mirada, de tu incisiva indiferencia. Ya no. Hoy estoy dispuesta a demostrarte que somos contraparte de lo mismo. Que puedo ser mejor que tú, igual que tú, pero nunca menos que tú. Eres hoy mi mayor reto, mi pasado perverso y sarcástico, que se moja los labios en mi rencor y lo degusta lentamente en el amanerado paladar de tu soberbia. Te leo como me leías a mí, y sé por qué me criticabas. Ahora entiendo cuál era mi falla: la misma que la tuya. No debo ser como tú, y me enorgullezco de haber seguido el consejo de tu pluma mezquina rasgando el papel de mi autoestima mientras señalabas mis errores. En ese entonces no lo entendía. Mi espíritu de niña lloraba su inocencia calladamente detrás de tu máscara insegura de divo. Ella murió. La mataste lentamente, la viste agonizar, cerrar los ojos, y dar su último suspiro. Sus restos yacen en el cementerio de nuestro pasado, en el dolor de la confrontación. Ese dolor dio tres semillas: dignidad, orgullo y seguridad. Hoy vengo a incrustarlas con la violencia de mi ego en tu erosionada sensibilidad. La maleza de tu odio hizo raíz en mí y no hay manera de arrancarla. Vengo a mostrarte cuánto ha crecido y lo maravillosa que es. Tócala, bésala y enrédate en ella. Acercaré el tallo de mi vulnerabilidad y la pondré en tus manos para que, una vez más, lo estrujes con la fuerza de tu frustración añeja, como en antaño. Quiero penetrar con mis espinas la frialdad de tus venas y beberme tu not really en un its like but not quite, así como el café voluble producto de tu cafetal amargo. Un sólo sorbo, sin sentir. Voy a digerirte y al desecharte, te devolveré en tu forma original. Ahora sí, sin máscaras. Gracias por nada.

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