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Maternidad Escrito por Natacha Moraes natty44, predicado.com

Maternidad Obra Galardonada

Hace veinte y siete aos, por un mes de diciembre, me encontraba embarazada de nueve meses casi completos. Joven, llena de energa y llena de amor y de sabidura; decid dar a luz a mi beb en el hospital de mi ciudad, para as ahorrarme unos cuantos bolvares que nos permitiran comprar un betamax. Estbamos totalmente conscientes del cambio que nos representara el advenimiento de nuestro primer beb; ya las discotecas seran accidentes eventuales en nuestra rutina, y dgase de paso, que anduve por esos antros hasta pasados los ocho meses de embarazo. Recuerdo muy claramente ese da, era muy temprano, antes de las seis, haca frio, los pajaritos algarabiaban trayendo a mi boca una sonrisa bobalicona, con un saborcito medio raro. Acelerada, con mi actual ex esposo trotando detrs de m, llegamos al hospital, l con los labios grises de miedo, fue blanco de mis burlas; me pareca increblemente ridculo estar no menos que con una sonrisa resplandeciente, el da en que nacera mi beb. Nos despedimos con un beso raro. Me rasuraron con la afeitadora ms dolorosa que me he encontrado en mi vida, me vistieron con una de esas humillantes batolas, bastante desteida, pero que haca juego con mis ojos y me acostaron en una cama en una sala atestada de mujeres gritonas. Yo como si nada, feliz, esperando la llegada de los dolores, garantizados por el suero de la verdad suministrado en mi brazo izquierdo. Eran las siete de la maana. A las cinco de la tarde, acostada en la misma cama, aturdida de ver tantas mujeres llegar y salir, literalmente, casi corriendo a la sala de partos; ya no crea tanto en mi buena estrella. El mdico que recin asumi la guardia, despus de reir con enfermeras y pasantes anteriores, procede a cortar la bolsa a mi beb. Aproximadamente unos quince segundos, los duendes del dolor empezaron a romperme los huesos de las caderas. El cuento corto es que despus de nueve horas de un dolor dilacerante, presa del pnico, y ronca, pude parir a un beb de elefante. Y lo vi. Cuarenta y ocho centmetros con tres kilos cien de perfeccin. Esas son las dimensiones de un milagro. Y vi a Dios en ese momento, reflejado en Su milagro, expulsado de mis entraas. Y fue amor a primera vista. Lo embojotaron entre unos trapos verdes y lo colocaron en mis brazos, y todo mi cuerpo se lleno de embeleso y toda mi alma se llen de amor. Amor ese que lo s, traspasar la muerte. Fuimos criando a m hijo, cuando se portaba mal y a su hijo, cuando era un ngel y a nuestro hijo cuando se dorma. Ms de seis aos despus de ese encuentro cercano de todos los grados, volv a tener nueve meses de embarazo, ya sabiendo que sera una nia. Estbamos en toque de queda y mi mdico, que no quera vernos ametrallados por un imberbe soldadito asustado, decidi adelantar el parto. Basada en la primera experiencia, y poseedora de un HCM, esta vez eleg a una clnica privada, cercana a casa para facilitarnos todo. Fui tratada como una princesa, habitacin privada, cable, acompaada hasta el ltimo momento por la familia, toequeada por las enfermeras. Hasta mi nio estaba ah, puro susto y puros ojos. Solamente dos horas y media dur bailando con los mismos duendes monstruosos y terrorficos. Y la vi. Lloraba con el llanto ms hermoso que he visto y he odo. Hermoso el llanto y hermosos los deditos. Hermoso llanto de tan linda boquita, chiquitita. Chiquitita toda ella, rosadita. Rosadita como los sueos que hemos soado juntas. Si el primero fue un milagro, ella fue un regalo. El propio Dios recompens a esta servidora con el entendimiento, la comprensin de que somos elegidos por los hijos entre miles de millones de seres, para llevarlos hacia la adultez, y para hacernos crecer en el itinerario. Y la am con el amor entero, con el cuerpo entero, con el alma sabia, con la fe milenaria y con las esperanzas de felicidad. En esos momentos, breves, Kodak; pude no solo sentir a Dios, pude tocarlo, olerlo y acariciarlo. Pude y puedo todava, apreciar Su obra en mis hijos. No los veo como mis bebs todava, ese cuento de que para las madres, los hijos siempre sern nios, no va conmigo. Los quiero grandes, los quiero fuertes, los quiero dctiles. Los quiero independientes, enamorados, equilibrados. Los quiero aptos para luchar por su felicidad. Y no, ellos no tienen la suerte de que yo sea su madre, sino soy yo la sortaria, de que me hayan escogido justamente a m. Mayo, 2010.

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