Matilde Ortega

Matilde Ortega, así se llamaba mi bisabuela. Nunca supo su fecha de nacimiento, tampoco sabía leer y escribir. La familia hacía cálculos de cuántos años tenía por las historias que contaba, en especial el linchamiento a los hermanos Alfaro en el año 1912 en la ciudad de Quito. Ella contaba como había visto pasar los cadáveres arrastrados por los caballos frente a su casa camino al parque El Ejido donde serían quemados. Ese era el punto de partida para estimar la edad de la bisabuela alrededor de más de 70 años en aquel año de 1973. Matilde Ortega, ese era el nombre de soltera de mi bisabuela. Nunca la conocí usando el apellido de su esposo, que era lo usual de esa época, excepto cuando se trataba de documentos legales en donde era mandatario su uso, en el resto de su vida ella era Matilde Ortega. Matilde Ortega fue dueña de una pequeña ferretería ubicada en la calle Flores, ferretería que aún existe. No sabía leer ni escribir pero se manejaba de maravillas con las cuentas de su negocio. Un negocio que era de hombres. Matilde Ortega se casó dos veces. Quedó viuda de su primer matrimonio con don Prudencio y luego se volvió a casar con don Julio, a quien apenas conocí ya que a principios de los años 70 del siglo pasado falleció de cáncer. Su vivienda quedaba encima de su ferretería. La recuerdo sola en aquella casa pequeña preparando el cafecito de las 6 en su pequeño reverbero de gasolina. Con ese reverbero se quemó de manera accidental el rostro y sus manos. Los recuerdos me la muestran en el hospital, su rostro y manos vendadas y aún así con buen humor. Decía que los médicos le habían dejado la piel como la de una muchacha de quince años con el tratamiento de recuperacion que le hacían y se reía pícaramente. Matilde Ortega, querida viejita, líder de una estirpe de mujeres aguerridas y hermosas. Recuerdo a mi abuela haciendo la mezcla de cemento y poniendo ladrillos en su casa de la calle Francia. Mi madre y mis tías valientes, luchadoras frente a todos los retos que tuvieron en sus vidas. Cada una, a su manera, abriéndose camino en medio de un mundo machista. Ahora veo a mis hermanas, primas, sobrinas y sobrinas-nietas que siguen ampliando horizontes. Cada quien a su paso, cada quien a su ritmo. Quizás en algunas veces cayendo, en otras avanzando pero siempre aprendiendo y enseñando. Son ellas las que han tomado, custodiado y llevado, quizás aún sin saberlo, el testigo que dejó aquella hermosa viejita que se llamó Matilde Ortega.

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