Caminando entre tinieblas

Tantos mundos como puedas soñar. Desde Narweng (el mundo mágico), a Infernum (el planeta-cárcel) al mismísimo Technos (el planeta tecnológico). Ellesmera Ninguterrum es una adolescente que, a punto de comenzar su sexto curso en Afkleryo, el instituto en el que estudia en Narweng, descubre un terrible secreto: su vida se ha visto vinculada a la de otra persona. Al principio parece una tarea fácil eso de mantenerse con vida, pero conforme va transcurriendo el tiempo, descubre que tal vez no sea tan sencillo como había creído en un principio... Es reclutada para la Legión de Herederos, los Protectores de los Portales, y ha de aprender a usar sus verdaderos poderes, esos que no requieren varita, para poder mantener alejados de su mundo a las fuerzas oscuras que tratan de llegar y conquistar los cuerpos de los vivos. Si te gusta la fantasía, la magia, las historias que nunca te contaron y lo desconocido, ésta es tu novela. Os animo a leer este único aunque intenso capítulo, en que uno de los personajes más trascendentales de la historia, Welyan Bonhur, narra a nuestra protagonista Ellesmera Ninguterrum, cómo fue que hubo de esconderse una temporada en la Tierra, junto a su madre Morgana, para evitar que fueran perseguidos y asesinados por uno de los magos tenebrosos. Además de una historia de magia, plasma algo de humor característico que sólo aquellos que no pertenecen a nuestro planeta podrían tener. Si te ha llamado la atención el libro y, tras leer el capítulo, tienes ganas por saber más, te animo a adquirirlo en una de las siguientes páginas web, que han sido las encargadas de editar y publicarlo: https:www.amarante.esCaminando-entre-tinieblas-p102354946 https:lcediciones.amarante.es#!Caminando-entre-tinieblasp102354946category=24092632 https:acalanda.comtiendaCaminando-entre-tinieblas-p102354946 https:zoes.estiendaCaminando-entre-tinieblas-p102354946 ¡Espero que te guste! ____________________________________ Capítulo 14 – Vida kargof. Aunque nací y crecí en Narweng, mamá decidió marcharse una larga temporada a la Tierra. Mi padre, Brutus Bonhur, se había inmiscuido en asuntos escamosos, de los que era imposible salir. De los que, si trataba de salir, me temo, recibiría a cambio una bonita ceremonia de sepultura para su esposa e hijo. Con todo el pesar de su corazón, debimos dejarlo atrás. Mamá lo besó y abrazó durante largos y angustiosos minutos, con nuestras pertenencias empaquetadas dispersas por el salón de casa. Cuando fue capaz de apartarse de él, papá la retuvo, tomándola por las muñecas. -Morgana... -susurró papá, acariciando su mejilla con una de las manos. Mamá cerró los ojos para disfrutar del tacto-. Cuidaos. Cuidaos a toda costa. No dejéis que nadie sepa quiénes o qué sois... -Lo sé, cariño... -lo tranquilizó suavemente. -Iré a buscaros en cuanto esto acabe. Tengo el pálpito de que será pronto -le aseguró, clavando en ella su mirada de hielo, que al contemplarla, se deshacía-. Eres mi vida, yo... -Lo sé -repitió mamá, tenaz-. No nos va a pasar nada. Vendrás a buscarnos muy pronto. Lo sé. Le dio un rápido beso y luego me propinó un pequeño y amable empujoncito para adelantarme hacia él. Nunca he visto a papá mirarme como miraba a mamá. Su mirada helada me escrutó. -Cuida de ella -dijo secamente. Y partimos. Mamá y yo viajamos a un pueblo perdido de Polonia. Gracias a los conocimientos de mamá en la magia, nos hechizó a ambos para hablar un pobre polaco y un muy buen inglés americano, con lo que aludimos habernos trasladado desde un estado conocido como Phoenix. Adquirimos una acogedora y nada despampanante casa, lejos de lo que estábamos acostumbrados. Mamá me ayudó a deshacer las maletas y colocar cada objeto en su lugar. Se arrodilló en el suelo y me pidió que me acercara. Yo obedecí, y mamá puso sus manos en mis hombros y me habló, mirándome con infinita ternura, centímetros más abajo su rostro del mío: -Pequeñín, esto que estamos haciendo es muy, muy importante, ¿lo sabes, no? -aguardó a que yo asintiera y continuó-. Sé que estás triste porque papá no está con nosotros, pero ahora... -No estoy triste, mamá -la corté yo-. Papá no me quiere y yo prefiero estar contigo solamente. -¿Cómo dices esas cosas de papá? Pues claro que te quiere... -me contradijo, dolida. -Papá siempre me pega cuando hago las cosas mal. Y me dice que lo que hago no está bien hecho. Y que no soy un buen mago -confesé en voz baja. -¿Esas cosas te dice papá? -mamá parecía horrorizada. Se mesó los cabellos y miró unos instantes a otra parte, meditativa-. Papá... -comenzó suavemente-. Papá lo hace por ti, cariño. Quiero que entiendas eso. Quizá sea duro contigo, o no sepa decirte de otra manera las cosas. Pero papá siempre ha querido lo mejor para ti, y para mí. Para ambos. Quiere que estemos bien. Lo que pasa es que no sabe decirlo de una manera tal vez más delicada. Volví a asentir, inseguro. -Cariño... Tienes nueve añitos ya. Sé que no te gusta la idea, pero piensa... que sólo serán dos años aquí. Dos años y volveremos a Narweng, ¿trato hecho? Y empezarás a ir a esa escuela que tanto te gusta, ¿cómo se llamaba? -Afkleryo -le recordé. -Esa. Fui a visitarla con papá hace poco y tienes razón: es una pasada. Es grandísima. ¿Sabes que es una antigua fortaleza romana? -mamá hablaba ilusionada. Mamá siempre había sentido un profundo respeto y admiración hacia los kargofs. -Sí. ¿Es de la época en que los kargofs vivían en Narweng, no, mamá? -Ajam. ¡Vaya, se me ha ocurrido una idea! -exclamó de pronto-. ¿Qué te parece si, al terminar este semestre la escuela, nos marchamos a Italia a visitar algunas ciudades? Hay muchísimas más edificaciones como la de la escuela. -¿Dónde está Italia? -pregunté extrañado. -No muy lejos. Podremos ir en avión, o en barco, ¡e incluso usar el tren! -Mamá, no estoy entendiendo nada de lo que estás diciendo -contorsionaba más el rostro a cada nueva palabra que mamá decía-. Me suena todo a élfico. Rió con ganas, ante mi cara de perplejidad. -Lo irás entendiendo todo cuando lo veas. Pero ya sabes, un pacto es un pacto, deberás aprobar el cole kargof, ¿de acuerdo? -De acuerdo -acepté a regañadientes. -Una cosa más, mi vida -me retuvo, cuando fui a desasirme de ella. La contemplé-. Debes entregarme tu varita -no parecía feliz con la idea. -¿Y eso? -pregunté asombrado. Una varita a un mago es como el aire a un humano. Nunca habría imaginado que tendría que deshacerme de mi varita, regalo de mis padres al cumplir los siete años. -Entiendo que se te haga difícil. Pero es necesario si queremos pasar desapercibidos. Muy necesario -recalcó-. Guardaré nuestras dos varitas en un lugar seguro, para que nadie las encuentre, de manera intencionada o no. Sin gustarme la idea lo más mínimo, extendí la varita, que llevaba en la mano, hacia ella. Ella la cogió despacio, doliéndole el tener que arrebatármela. -¿Estarás bien sin ella, cariño? -preguntó preocupada. -Claro que sí, mamá -mentí, forzando una sonrisa-. Tengo que cuidarte, y puedo hacerlo sin varita. -Claro que sí, mi vida... Además... Tengo una sorpresa para ti -recordó de pronto. -¿Una sorpresa? -Ajam. ¿Qué te parece? -y sacó del interior del cuello de su camisa el colgante de una runa ovalada tallada en piedra antigua. Sonreía ampliamente. -Pero, mamá... No puedo. Es tu colgante. Siempre lo llevas puesto -estaba horrorizado, y a un mismo tiempo, esperanzado. Negó, sin borrar la sonrisa. -No seas tonto. Quiero que lo lleves tú. Sé que sabrás cuidar muy bien de él -añadió. Puso el colgante alrededor de mi cuello y yo lo tomé, admirado por su extraña y enigmática belleza. Nunca habría podido imaginar que aquél sería entonces el colgante que después se convertiría en un punto clave en mi vida. Ni que tenía ante las manos un poder codiciado por algunos ingratos, que querrían saber los poderes que ocultaba, y dominarlos. Ni imaginé que me vería a la cabeza de una nueva Legión de Herederos, en la escuela a la que había decidido ir, porque el destino había querido unirnos a todos en aquel lugar, para luchar contra la oscuridad de los mundos mágicos. Supongo que mamá no quería hacerme su cómplice, pero tuvo que hacerlo. Siendo yo su único hijo. Su único heredero. Acudí a la escuela de kargofs, un lugar pequeño, con pocos alumnos y menos profesores. Los niños me miraban con extrañeza al principio, después con curiosidad, y finalmente, hice un amigo. O una amiga, mejor dicho. Se llamaba Suzanna. Tenía el pelo rubio, unos tonos más oscuros que el mío, los ojos de un azul casi translúcido, y una cara risueña a la que le faltaban algunos dientes. Su madre, Klaudia, me invitó varias veces a merendar a casa al terminar el colegio, ya que mamá pasaba muchas horas trabajando de camarera en un negocio de comidas rápidas cerca de la gasolinera principal del pueblo. -¿Habéis hecho muchas cosas hoy, chicos? -nos preguntaba Klaudia siempre, mientras nos ponía algún plato con comida delante de nosotros. -Hoy en mates la profesora Margarita me ha puesto un positivo, mamá -comentó ilusionada Suzanna, mientras daba un buen bocado a su sándwich de crema de cacao. -No hables con la boca llena, Suzanna -la reprendió Klaudia. Me acarició el pelo y me preguntó-: ¿Y tú, William? ¿Te has ganado algún positivo? -No -reconocí, apesadumbrado. -Bueno, Suzanna tampoco tiene positivos todos los días, ¿a que no, Suzanna? -No -admitió la pequeña, después de tragar lo que tenía en la boca-. ¿Y papá? -Trabajando. Cada vez trabaja más horas... Menos mal que yo puedo escaquearme un poco más de la oficina. El padre de Suzanna trabajaba en algo que no entendía muy bien que se llamaba “tatodor” o algo así que, por lo que me había explicado Klaudia hacía unos meses, se trataba de un trabajo en el cual pinchaban a una gente con unos palos de metal y les metían una tinta parecida a la nuestra para escribir, en la piel, para hacerles dibujos y letras. Además había añadido que le extrañaba que nunca hubiera visto a nadie con un “tataje” en Phoenix, cuando era algo que se estaba poniendo cada vez más de moda. -¿Y la buena de Mary? -inquirió Klaudia. Tardé un rato en asimilar que se refería a mamá. Habíamos cambiado nuestros nombres por seguridad, y creado mamá un montón de papeles falsos. Ahora tenía papeles y libretas donde ponía el nombre “William Blackstone” por todas partes, aludiendo que mi madre era “Mary Blackstone” y en los que no constaba el nombre de mi padre. Habíamos tenido que inventar también en nuestra historia que papá había abandonado a mamá al enterarse de que estaba embarazada, por aquél entonces siendo un joven atemorizado. De manera que adiós a mi verdadero nombre. Aún faltaban dos años para que volviera a poder reconocer que me llamaba Welyan Bonhur. Por lo menos, mamá me había dejado mantener mis iniciales. -Creo que hoy sale a las nueve -medité. -Menos mal. Dile que no vuelva a coger el turno de noche o iré yo misma a matarla, ¿me has entendido? -bromeó, usando un dedo acusador hacia mi persona. Mamá llegaba muerta de cansancio a casa. Se quitaba los zapatos empujando uno con el pie contrario y se tiraba en el sofá bocabajo, dejando caer uno de los brazos al suelo. -¿Cómo lo harán los kargofs? No puedo entenderlo. Son incansables. No puedo con mi cuerpo, de verdad. Los magos tenemos la vida muy fácil... Si queremos agua, la creamos, si queremos una silla, la creamos, si queremos un abrigo, lo creamos... Maldita sea, no me puedo creer que aún no hayan inventado el conjuro para que podamos crear cualquier cosa imaginable, y no tener que adquirirla con Runas. Le preparaba un sándwich o lo primero que encontraba por la cocina, y se lo llevaba. Mamá se sentaba con las piernas cruzadas en el sofá y se comía el sándwich casi de un bocado. -¿Qué tal en el cole? -Muy bien. -¿Y con Suzanna? -Muy bien. Como siempre. -¿Qué os ha hecho Klaudia para merendar? Bendita mujer... Tenemos que invitarles un día a comer a casa, ¿me lo recordarás? En cuanto coja un día libre les decimos a los tres que vengan. Con las prisas por llegar a casa ni siquiera creo haberle dado las gracias cuando te recogí. La llamaré para dárselas. Qué mala educación por mi parte -parecía apurada. Rebuscó en su bolso y sacó un “teléfono móvil”, que era un objeto que usaban los kargofs para hablar unos con otros desde cualquier lugar, y para hacerlo tenías que tocar muchas veces en él con el dedo. Mamá se había cargado unos cuantos con la tontería. -Me encantan estos cachivaches... -se lo puso en la oreja-. Está haciendo “pi” -me susurró, como compartiendo un secreto conmigo-. ¿Klaudia? -dijo casi gritando-. ¿Hola? Qué raro... -comenzó a darle vueltas entre sus dedos, mirándolo por todas partes-. Creo que esto no funciona otra vez... ¡Ah! Qué tonta que soy, por Dios... Se levantó del sofá y caminó descalza por el salón, rebuscando entre estantes, sobre la mesa, bajo los cojines del sofá y por cualquier rincón. -No sé dónde habré metido eso así largo que es negro, para que el móvil esté encendido... Ah, hijo, tienes que decir “por Dios” cuando hables. Al parecer, aquí está muy bien visto. Creo que tienen mucha creencia en un dios que les cuida o algo así. Cuando recabe más información te lo contaré a fondo, pero mientras tanto, usa “por Dios” al hablar, o también “por el amor de Dios” o algo así. Creo que es como si les estuvieras bendiciendo o algo... No estoy muy segura... ¿Dónde estará el chisme ese negro largo?... ¡Ah, mira! -exclamó eufórica, rescatándolo de debajo del sofá-. Debo haberlo tirado al sacar el móvil del bolso. A ver, entonces esto se ponía ahora así... -lo puso en el móvil, en un pequeño agujero-. Y esto otro tiene que ir en una pared, me explicó una tía antipática cuando fui a comprarlo... Hay que ver, ¡me dijo que si le estaba tomando el pelo! ¡Pues no ve que no, señora! ¡Que no soy de aquí! -le recriminó a una imaginaria señora al aire-. Así -se felicitó, conectando la otra parte a unos agujeros en la pared-. Ahora le doy aquí y llama a Klaudia, creo... -aguardó a la espera-. ¿Klaudia? Escuché la voz de Klaudia contestando al otro lado. Mamá debía haber tocado algo que hacía que la voz de Klaudia se escuchara como si estuviera ante nosotros. -¿Dónde estás, Klaudia? -dijo mamá, mirando alrededor. -En casa, Mary. ¿Necesitas algo? Mamá dejó de mirar a todas partes y se centró en el objeto que tenía en la mano. -No, Klaudia, sólo era para darte las gracias. Iba tan cansada que creo que he sido una maleducada. -Ah, venga ya, ¡no seas tonta! No te lo tendría en cuenta, tampoco. Sabes que me encanta que Will venga a casa. Se comporta muy bien y no da nada de trabajo. Siempre se ponen a hacer los dos los deberes sin que les diga nada y luego ven la tele juntos, así que no te preocupes. Le viene bien pasar tiempo en casa para que aprenda mejor a hablar. -Muchas gracias, Klaudia. Sois tan buenos con nosotros... -dijo mamá conmovida. -Porque sois buenas personas. Debemos ayudarnos unos a otros. -Por supuesto. Por supuesto... Mañana saldré sobre la misma hora. ¿Lo recoges tú de la escuela, entonces? -Dalo por hecho -escuché la voz enérgica de Klaudia-. Que paséis buena noche, chicos. -Igualmente, Klaudia -se despidió mamá-. Creo que la próxima vez que tenga algún problema como lo de llamar por el móvil, le pediré ayuda a Klaudia. Seguro que ella no se enfada conmigo -me confesó mamá. -Seguro que no -convine. El viaje a Italia quedaba de momento aplazado. Mamá siempre tenía trabajo y yo deberes. Pasaron muchos más meses, y sin darnos cuenta, cumplimos un año en la Tierra. En Polonia, en un pequeño pueblo que al principio nos pareció tan frío y que ahora nos brindaba calidez por sus cuatro costados. Para celebrarlo, mamá había pedido con antelación que le dieran esa noche libre. Caía domingo y sabía que Klaudia no trabajaría, nosotros no teníamos escuela, y el esposo de Klaudia, Karol, podría hacer una excepción y cambiar la cita a algunos de sus clientes. Fuimos al SnackBurguer, donde trabajaba mamá. Su compañera Juline le había prometido que, si íbamos esa noche, ella se encargaría de nuestra mesa, teniendo nuestras bebidas siempre rellenas y encargando además una cena distinta a la que había en carta habitualmente. Mamá aceptó encantada. Ella y Juline habían encajado fenomenal desde el primer momento. Juline era una chica joven, de unos veinti pocos años. Trabajaba para poder pagarse la carrera de la universidad a la que, muy costosamente, estaba acudiendo y pagando por los pelos. Sus padres trabajaban también, aunque apenas si tenían para pagar las deudas de la casa en la que vivían. Juline había sido quien había ayudado a mamá en todo, desde poner un simple café hasta a usar la caja registradora. No siempre coincidían en turno, pero intentaban que así fuera porque trabajaban muy bien juntas. Juline nos saludó desde unas mesas más allá cuando entramos, atareada en recoger lo que quedaba y pasar un paño limpio. -Voy en seguida -pronunció moviendo los labios, a lo que hicimos gestos con las manos de que no se preocupara. Tomamos asiento en una larga mesa con sendos bancos enfrentados. Suzanna, Klaudia y Karol se sentaron en uno, y mamá y yo enfrente. Juline no tardó en llegar, libreta en mano y sonrisa en la boca. -Una muy buena hora para llegar, sí, señor. Aprovechad ahora antes de que empiecen a venir todos esos locos camioneros sedientos de cerveza y hamburguesas chorreantes. ¿Estos son Klaudia y su familia, de los que tanto me hablas? -Juline era una cháchara incesante. -Klaudia -los presentó mi madre-, ésta es mi compañera Juline. -Encantada, Juline -dijo Klaudia, sonriéndole-. Ésta pequeñuja es mi hija Suzanna, y mi marido Karol. -Un placer, chicos. Mary me ha hablado cosas extraordinarias sobre vosotros. ¿Y tú, Will, no me vas a dar un beso hoy? Negué con la cabeza, notando que mi rostro se volvía de un violento color rojizo. Me fundí con el asiento. -¿Y me dirás qué quieres beber, para que pueda traértelo? -tanteó Juline, enarcando ambas cejas. Dio en el clavo. Me erguí en mi posición rápidamente. -¿Me puedes traer una de esas bebidas que son negras y tienen muchas burbujas y están muy frías? -Mmm... Veré qué puedo hacer. -¿Qué se dice, Will? -terció mamá. -Porfa. -De acuerdo, me has convencido -sonrió Juline-. ¿Y para vosotros? Juline se marchó tras anotar pacientemente cada una de las peticiones que fueron formulando los integrantes de la mesa y anunciarnos que daría orden en la cocina para que comenzaran a preparar nuestra cena. La cena, fuera lo que fuera, estaba buenísima. Pusieron un montón de platos sobre la mesa que, primero Juline y luego Klaudia, fueron nombrando y explicando brevemente. Probé todos ellos y repetí de cuantos pude. También disfruté de tres de mis bebidas favoritas mientras cenaba, aunque mamá no me dejó pedir una cuarta aludiendo que después por la noche se me ponían unos ojos de búho y no podía conciliar bien el sueño. En el postre, Juline sacó una cosa que sonaba como “pavlova” o “povlova” o algo así y que había traído Klaudia de su casa, hecha por ella. Era simplemente deliciosa. Tras un rato de relajada charla, mamá nos pidió unos segundos para acudir a dar las gracias a Juline por la extraordinaria velada que nos había hecho pasar, y felicitar en la cocina la sucesión de platos que habían preparado y, ya de paso, comprobar su turno del día de mañana, por si había fallado algún compañero y se lo habían tenido que cambiar. Recuerdo que mamá estaba hablando, riendo a carcajadas con Juline, que estaba fumando a escondidas en un rincón, con la mano bajo la barra, donde tenía un cenicero para tirar las cenizas y colillas. Las dos parecían muy animadas, y de pronto, sus rostros palidecieron. Imagino que al mismo ritmo que el mío cuando vi, horrorizado, lo mismo que veían ellas. Cinco hombres armados entraron en el SnackBurguer. Llevaban los rostros ocultos con lo que sabía se llamaba pasamontañas, y las manos con pistolas, por todas esas tardes en que había visto el telediario con los padres de Suzanna, donde daban noticias de sucesos que pasaban en la Tierra. -¡Todos quietos, no se muevan! -entraron gritando, moviendo sus pistolas hacia los clientes, dirigiéndose a nadie en concreto. Uno de ellos se acercó a donde estaban mamá y Juline. -¡Mamá! -grité atemorizado, tratando de salir hacia ella, pero Klaudia estiró el brazo sobre la mesa y me lo impidió. -No te muevas, Will -susurró duramente, su agarre imposible de zafarse. Uno de los hombres nos apuntó con su arma. -¿Qué pasa por aquí? ¿No nos habéis oído? Al próximo que se mueva, le dispararé en el corazón -se dirigía a Klaudia, la apuntó con su arma-. ¿Ha quedado claro, señorita? ¡¿Ha quedado claro?! Karol interrumpió, dirigiéndose a él: -Sí, ha quedado claro, caballero. Discúlpenos. El encapuchado se marchó. Klaudia me habló por lo bajo: -Si quieres que a tu madre no le pase nada, será mejor que te quedes quieto y no hables, Will. Ahora mismo no podemos hacer otra cosa. Asentí muerto de miedo y miré hacia su posición. Mamá seguía petrificada en su sitio, junto a Juline, que había tirado el cigarro hacía rato. -Trabajas aquí, por lo que veo -contempló el que estaba más cerca de ellas, dirigiéndose a Juline, su uniforme y su chapa identificativa-. Bien, Juline, espero que no tenga que usar la hoja de reclamaciones y esta noche cumplas nuestras expectativas... El dinero. Ya. Los labios de Juline temblaron. No podía hablar. El miedo la inmovilizaba. -¿Es que no me has oído? ¿Estás sorda, Juline? -repitió su nombre, silabeándolo. -Si me permite, lo haré yo -terció mamá. El encapuchado la miró a ella. -¿Y tú quién eres? ¿La heroína del pueblo? -Trabajo aquí -respondió. -Empieza -gruñó, apuntándola con el arma. Mamá tomó el saco que él le brindaba y comenzó a llenarlo con el dinero de la caja. -¿Y ya está? -inquirió cuando ella se lo devolvió-. ¿No hay más que esta miseria? -Es todo lo que hay, lo siento... -Bueno, muy amable por tu parte, guapa -se burló el encapuchado-. Tú te vienes con nosotros -se dirigió a Juline-. Colaborarás, de una manera u otra, a la causa. Un escalofrío me recorrió al escuchar aquellas palabras. No supe qué significaban, pero no auguraban nada bueno. Mamá se interpuso entre el arma del hombre y Juline. -No. Ya tenéis el dinero. Marchaos. -¿Disculpa? ¿Me estás hablando a mí? -el encapuchado miró alrededor, como esperando encontrar a alguien detrás. Sus amigotes rieron-. Oh, en serio, ¿es a mí? Debes estar de coña, tía. O tienes muchos huevos o te falta experiencia en la vida. ¿Qué te crees que es esto, una peli? ¿Que va a llegar un tío en mallas tirando telarañas a rescatarte? Porque no es así. Esto no es más que un puto pueblo de mierda, donde la gente se dedica a trabajar para pagar. Y a mí, no me gusta trabajar de otra manera que no sea ésta -dijo amenazadoramente-. Apártate o te apartaré yo. Y créeme, no te gustará cómo lo haré. Mamá no se movió un milímetro. -Apártate, preciosa, no quiero hacerte daño. Sólo me llevaré a tu amiguita para que aprenda quién manda aquí. Prometo traértela con vida. Tal vez algunos rasguños, cortes o heridas superficiales sin importancia... Juline se estremeció, pero puso una mano sobre el brazo de mamá. -Está bien, Mary. No te preocupes... -Quédate ahí, Juline. No irás a ninguna parte -siseó ella, fría-. Que sepáis que la policía debe estar al llegar. Deberíais iros ya, antes de que os pillen. -No iremos a ninguna parte sin tu amiga Juline. Deja que venga con nosotros, es lo que ella quiere, ¿a que sí, Juline? -Ella no va a ninguna parte -dijo mamá, pronunciando cada palabra con contundencia-. Marchaos ya. Tenéis el maldito dinero. Vamos, fuera. ¡Largo! Entonces sonó el disparo. El disparo que fue directo al corazón de mamá. Que acabó con su vida. Que se la llevó, lejos de mí, para siempre. Y entonces sonaron las sirenas de los coches de la policía. Pero yo apenas me percaté de ello. Supe, de algún modo, que los encapuchados salían corriendo, hacia su propio coche, con el saco del dinero, dejando atrás la escena del crimen, de sangre. También escuché los gritos de horror, los de Klaudia, tratando de impedirme que saliera aún de la mesa, los de Suzanna, que lloraba desconsolada, los de Juline, que había caído de rodillas al suelo, presa de la culpabilidad y el destrozo, clavando sus uñas en su rostro, no queriendo ver lo que sus ojos le decían que había. Me deshice del agarre de Klaudia y corrí entre el gentío hacia mi madre, donde la contemplé, rodeada por un charco de sangre, el rostro petrificado por siempre. Mamá había muerto en el acto. Su corazón había dejado de latir. Su cuerpo de sentir. Traté de comprender todo esto, pero aun así, la abracé. Me tiré sobre ella y rodeé su cuello con mis manos, tratando de sentir su calor, de oler su aroma a lavanda de la nueva colonia que le había regalado Klaudia y que mamá siempre se ponía. Traté de hacerme entender que no era la última vez que la vería, porque sólo era un sueño. Sólo era un maldito sueño... Desperté en una cama que no era la mía. Reconocía la habitación. Era la de Suzanna. A duras penas, pude recordar que me había desmayado. Tal vez debido a la conmoción por lo que le había pasado a mamá. Mamá... Klaudia y Karol me habían llevado a su casa. Habían arreglado con la policía los papeles necesarios para que me pudiera quedar con ellos, que habían sido pura cordialidad tratándose de un pequeño pueblo donde todos se conocían y sabían que no tenía más familia que ellos. Suzanna dormía esa noche con sus padres, en la gran cama de matrimonio, y yo lo hacía en su habitación. Lloré. No me desagradaba la idea de tener que estar en casa de Suzanna... Pero quería ver a mi mamá. Quería ir a su habitación en medio de la noche cuando tuviera una pesadilla y que ella apartara la sábana y me dijera “ven aquí, anda, miedoso”, y que me despertara con besos por la mañana, y me dejara en la puerta del colegio antes de salir aceleradamente hacia su trabajo no sin antes recordarme que “tienes que estudiar mucho para que dentro de poco nos podamos ir a Italia, campeón”. Me levanté, frotándome los ojos, y caminé descalzo por el suelo enmoquetado de la casa. Fuera hacía mucho frío. Nevaba. Abrí la ventana para contemplar el paisaje, soñar despierto. Papá apareció en el alféizar de la ventana, sobresaltándome. -Debemos marcharnos, Welyan -se limitó a decirme, seco, como siempre. Contemplé su rostro y descubrí que estaba derrotado. Él debía estar igual o más roto por dentro que yo. -¿Y mamá? -pregunté esperanzado. Tal vez sólo fuera un mal sueño. Tal vez ella estuviera aguardándome en nuestra gran casa, en Narweng. Papá dio unos pasos, descolgándose de la ventana y avanzando hacia mí. El ruido seco de la bofetada que impactó en mi mejilla cruzó la estancia. Puse una mano en mi mejilla dolorida. Los ojos se me llenaron de lágrimas que se derramaron, incapaces de contenerse. -Tu madre está muerta, imbécil. Te pedí que la protegieras. Que la cuidaras. ¡Y ni eso eres capaz de hacer! Eres igual de despreciable que un sucio kargof. Debería dejarte aquí, con esta gentuza, y marcharme -las palabras de mi padre fueron directas, desapasionadas. -Ellos son mis amigos. Nos ayudaron a mamá y a mí cuando... -traté de explicarme, mientras más lágrimas brotaban. -¿Cuando qué, eh? ¿Cuando me tuve que alejar de ella? ¡Si yo hubiera estado aquí, ella seguiría con vida...! Estos kargofs no han hecho nada por tratar de ayudarla. Ni a ti tampoco. Yo... Yo sí que he hecho, sí -se vanaglorió-. He matado a todos esos mal nacidos. No ha sido difícil dar con ellos, no. Eran cinco. Cinco matones de mierda que se reían y piropeaban entre sí creyendo que habían hecho un gran trabajo por robar dinero kargof... Primero les hice sufrir. Y después los maté. E hice desaparecer sus cuerpos. Sus familias merecen sufrir también, sin saber qué destino han tenido. Si viven... o no. Mi padre se paseó por la habitación, absorto en su propia historia. -No he podido hallar el cuerpo de mamá -maldijo-. Estos kargofs asquerosos deben haberlo escondido. No traté de hacerle entender que los kargofs no tenían ningún interés en esconder el cuerpo para que él no lo encontrara. Sabía que era una discusión perdida antes de comenzarla. Y tenía miedo de ganarme otra bofetada. -¿Y mi varita? -pregunté asustado. -Tengo yo las dos. Y quemé la casa. -¿Por... Por qué has hecho eso? -tartamudeé impresionado-. La pobre señora Mach nos dejó su casa para vivir. Nos la dejó muy barata. Pagábamos muy poco al mes, y... -¡Que le jodan a la señora Mach! ¡Nos vamos! -Dame un segundo, por favor. Tengo que hacer pipí -mentí, escabulléndome fuera del cuarto. Sin hacer ruido, me hice con una libreta y un boli, y escribí una rápida nota, diciéndoles que les agradecía todo lo que habían hecho por mí, y que les quería, y mamá también, pero que tenía que marcharme y no quería serles ninguna molestia. Gracias a Dios, ni Klaudia, ni su marido, ni su hija, se despertaron aquella noche. De lo contrario, tal vez papá también los hubiera matado si hubieran intentado evitar que me llevara con él. ___________________________ ¡Si te ha gustado no dudes en dejarme algún comentario...! ¡Y si no, también! Me gustan las críticas y me gusta saber qué hago mal, y si hago algo bien, también. Un saludo y muchas gracias por leerme :)

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