Esfera de cristal sin nieve

Entre ramas y hojas secas que crujen al paso, el sol logra meter sus dedos como hilos delgados en cada árbol que con su sombra no deja observar la luna en noches de equinoccio. El silencio no es mas que el marco de toda la negrura, de vez en vez se escucha las patas de un grillo, o el paso ágil de alguna lagartija, y a lo lejos, muy a lo lejos, el sonido de un dormido río que su cauce es mas débil que la sangre recorriendo mi cuerpo mientras medita. Si pudiera quedarme aquí, teniendo a mi favor el tiempo, y que éste no se moviera como aquella roca engendrada desde la raíz de un árbol, pediría que tu fueras quien acompañara mi destino, sin tocar si quiera las estaciones, dejando así que todo perdurara, sin ese vértigo de un posible desapego de tu parte y quedarme ahí, absorta entre tus brazos, como árboles quietos que miran los eónes con sus bulbos entretejidos y sus fértiles hojas.

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