Alarma en el jardín

ALARMA EN EL JARDÍN El jardin andaba un poco revolucionado, nuevos habitantes habían llegado a la casa y eso siempre significaba problemas. Don Ciempiés curioso. -El más intelectual de la comunidad-. Había convocado una reunión en casa de la araña Tecla. -Tenían que actuar rápidamente-. Las libélulas fueron las encargadas de llevar el mensaje a todos los habitantes del jardín. Cucarachín multa gorda. -Un rechoncho escarabajo de color verde metalizado encargado de dirigir el tráfico-. Se desgañitaba tratando de que las orugas procesionarias avanzasen en línea recta y ninguna quedase rezagada. -¡Vamos señoras, que no llegamos a la reunión!-. Don Caracol viajero-. Le llamaban así porqué siempre estaba recorriendo el jardín con su casa a cuestas-. Se afanaba en descender del macizo de margaritas para incorporarse a la caravana que avanzaba hacia la casa de la araña. Poco a poco, todos fueron llegando a la cita, muy nerviosos ante lo que se avecinaba. Paty. -La libélula espía-. Llegó la última y pidió la palabra. -Tengo que comunicaros algo horrible. En la casa hay un niño. -¡Un niño!. ¡Pero eso es horrible!. -Exclamaron todos al unísono-. ¿Que vamos a hacer?. Don Ciempiés curioso carraspeó y ajustándose sus lentes dijo. -Amigos, tengamos calma y procuremos pasar inadvertidos. El jardín es grande y podemos fácilmente camuflarnos. Tal vez no vengan a quedarse y solamente estén de vacaciones. Lo más seguro es que el niño no se preocupe por nosotros. Todos respiraron aliviados y se pusieron a cuchichear sobre la estrategia a seguir, cuando de pronto las paredes de casa de Doña Tecla empezaron a temblar. Unos pasos atronadores alternados con unos gritos agudos se acercaban amenazadoramente. La confusión reinaba en la cueva que servía de vivienda a la araña, haciendo que chocasen unos con otros mientras corrían a esconderse detrás de los sillones y debajo de los muebles.- Porqué la araña tenía su casa muy bien amueblada-. Los pasos cesaron y de repente un ojo que se les antojo enorme, asomó por la entrada de la cueva observándolo todo. El ojo se retiró y un dedo gordezuelo apareció en su lugar tratando de llegar hasta donde estaban. Ya se veían perdidos cuando de pronto se oyó una voz lejana anunciando. -¡Juanito, la merienda!-. El dedo se quedó quieto un instante y luego desapareció. En su lugar volvió el ojo. Todos contuvieron la respiración. ¿Los habría descubierto aquel ser horrible?. -¡Se que estáis ahí?-. La voz aguda del niño retumbó amenazadoramente. Espantosa confirmación, sin duda el niño los había visto entrar en casa de Doña Tecla. ¿Cómo iban a salir de allí?, estaban atrapados. El caracol encerrado en lo más profundo de su concha temblaba como un flan. Las orugas hechas un ovillo debajo de la cama de la araña frotaban sus patitas para darse ánimo. Doña Tecla había subido por el hilo que tejía hasta la parte más alta de su casa y se tapaba los ojos con las patas delanteras. Silencio. ¡Que iba a pasar?. De repente las paredes de la cueva temblaron nuevamente. -¡Aleluya! los pasos del niño se alejaban-. Salieron poco a poco de sus escondites y se abrazaron alegres de que el peligro hubiera pasado. Los pasos se detuvieron y nuevamente se oyó la voz aguda del niño que con tono triunfal exclamaba. -¡Volveré!-.

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